Mi 2019 ha estado cargado de muchísimos momentos surrealistas. Episodios impensables. Enfermedades que lastran. Gente que se ha marchado de manera anticipada. Diagnósticos por encontrar. En general, malos tragos para digerir.

Todo sufrimiento tiene una enseñanza y un consuelo. Aprendemos que duele por algo. Las llagas se curan. Incluso hay cicatrices bonitas. Heridas de guerra que te recuerdan no solo por lo que has pasado, sino dónde has llegado.

Desde luego, no todo ha sido malo. Dentro de este caos, he tenido satisfacciones y sorpresas gratas. Hijito amado crece sano, es buen estudiante y mejor persona. Un tío con criterio a pesar de los golpes que ha ido sorteando en sus 17 años.

Han nacido los hijos de buenos amigos. Vemos prosperar y disfrutar a los nuestros. A la tribu. Y eso congratula.

He pasado por momentos peculiares. He renunciado a mi fertilidad. Pero, a la par, han resurgido personas a las que quiero en mi vida. Y compensa. Nos reencontramos. Nos conocemos de manera más abierta. Como somos, sin filtros.

2019 ha tenido tantas cosas negativas para mí que ha sido una fantástica exaltación de la amistad. De acudir a las heridas, de mensajes oportunos, de saber que estáis ahí.

Diciembre suele ser un broche de oro al año. Empieza con mi cumpleaños y ahí siempre me siento arropada, querida, mimada. Me recordáis que hay muchas cosas que valen la pena en mi vida. Incluso yo.

2020 va a ser mejor. Sin duda. Ilusión no me falta aunque vaya a lo justo de energías muchas veces.

On continue la vie 🖤