Partamos del hecho de que me considero una persona pacífica. Que siempre intento mediar. Y que he llegado a un punto de mi vida en que la indiferencia ante los malos rollos es mi manera de lidiar con ellos. Y el modo en que “castigo” todas aquellas actitudes que considero que no van conmigo. No suelo entrar “al trapo” ante provocaciones. Me parece un malgasto de energía innecesario. Con el bagaje que llevo  en los últimos meses, procuro dedicar cada día a vivir. Mi tiempo es uno de mis recursos más valiosos. Hoy estamos aquí. Hay que aprovechar.

Desde mi más tierna infancia me han tildado de defensora de causas perdidas, de los más débiles  y/o los incomprendidos. En muchas ocasiones, me han puesto esa etiqueta con desprecio. Me da igual. Pero, por eso mismo, considero que no hay que dejar impune a aquellos que se escudan y hasta se esconden en su inicial apariencia de indefensión. Por ahí no puedo pasar. Hay mucha gente que sufre. Incluso en silencio. Hay personas maltratadas con miedo de denunciar. Hay  niños que padecen el vacío o los ataques de sus compañeros o de desconocidos.  No puedo tolerar que alguien con un comportamiento cuestionable pretenda parapetarse en cualquiera de esos grupos para eludir una responsabilidad. Me es indiferente su edad, género o condición en general. No puedo soportar una inusitada tiranía del que se auto proclama débil. Porque es evidente que no lo es. Pero se aprovecha de unos protocolos de actuación que hay en nuestro sistema para ayudar a aquellos que sí los necesitan para hacer lo que  buenamente le dé la gana.

Tengo un hijo adolescente. No es perfecto. No lo pretendo. Sólo espero de él que sepa buscarse la vida, siempre siendo buena persona. Así que conozco de primera mano el ambiente de estos púberes. De los problemas que pueden padecer. De las inquietudes que pueden sufrir. Mi propia adolescencia no me pilla tan lejos. Pero ahora la vuelvo a vivir en primera persona por proximidad.

Pero no es con mi hijo con el que voy a ilustrar toda mi reflexión anterior. La protagonista soy yo misma. He sido yo la víctima de la tiranía de un adolescente que corrió a esconderse a la vez en la muchedumbre y en su condición de menor.

Anoche me atacaron. Así, sin más. Iba del brazo de unos amigos, me disponía a invitarles a tomar algo con otros miembros de nuestra tribu  que estaba deseando que conocieran.  De repente, justo antes de entrar al lugar donde nos dirigíamos, a plena luz y ante los ojos de un centenar de personas, nos rociaron con un spray de gas pimienta. El instinto nos hizo dejar la escena apresuradamente para buscar el alivio de nuestras lesiones. Pero en ese flash, en esos segundos donde tan rápido sucedió todo identifiqué al agresor. Era fácil: es un compañero de clase de mi hijo. Le he visto cientos de veces en un video que miniYo editó para un trabajo de clase, que además se presentó a un concurso de Manos Unidas. Igual hasta lo habéis visto porque lo distribuí entre muchos de mis contactos para darle publicidad. La causa lo merecía.

Mi prioridad uno era que nos atendieran. Espero que nunca hayáis padecido los efectos del gas pimienta. Los recuerdo con horror. A mis amigos les tocó de frente y les afectó cara y torso. Yo me llevé la ración principal en el ojo izquierdo. Sentía que me hervía. Y no podía ver. Aún ahora, más de doce horas después y tras haberme medicado y lavado con dósis ingentes de suero, sigo teniendo el ojo irritado y la visión nublada.

Mi marido venía justo detrás de nosotros y también recibió parte del impacto de refilón. Se encargó de organizar en el caos y de ayudar a la policía a localizar al agresor. 

Cuando los sanitarios nos atendieron (de manera muy profesional y cariñosa), lo pusieron en conocimiento de las autoridades. Y nos tomaron los datos y nos extendieron parte de lesiones. Les toca comunicarlo a las autoridades de oficio. Pero yo lo voy a hacer como parte y como afectada.

No puedo dejar impune un comportamiento así. No es de recibo que te ataquen gratuitamente. Puedo asegurar que ninguno de los presentes increpó a este ser de ninguna de las maneras. De hecho, no fuimos conscientes de su presencia hasta que le vimos con el pequeño bote en la mano. Me da igual que sea menor, hombre, mujer o extraterrestre. Hay situaciones que no se pueden tolerar. Ayer me tocó a mí. Hoy o mañana puede ser cualquier otro. Y no. Soy la primera que defiendo a niños, ancianos y todo tipo de personas que “jueguen” en desventaja. Por eso, no voy a dejar que alguien se  parapete en una injustificada indefensión por edad  o inseguridades. Si hay algo que quiero es que el mundo sea un lugar seguro y placentero donde disfrutar en paz con los míos. Y ni menor ni mayor me lo va a coartar. Conmigo no, bicho.

 

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