La vida es dura. No es fácil. No es que lo diga yo. Es que es un hecho. Tampoco lo pretendo. Me van los retos, las hazañas, el valerme por mí misma. Ayudar a los que quiero. Incluso facilitar en la medida de lo posible a aquellos que no me aportan nada. O que sólo me han dado dolores de cabeza, rasguños en el corazón y un sentimiento de indefensión inenarrable. Es crudo afrontar los periplos por los que te lleva el destino (si es que crees en él, si no… llámale equis, como a las grandes incógnitas) no solo… Sino dándote cuenta de que quién más te debe cuidar (aparentemente) no es más que un lastre. No una piedra en tu camino. Es una losa en tus pies que te hunde. 

Cuando somos jóvenes, incluso adolescentes, se nos tacha de estar más enamorados del amor que de la persona en sí… y así me he sentido yo largo tiempo: víctima de un amor que no me correspondía porque no estaba dirigido a mí. Estaba abocado al ideal de mí que tienen ciertas personas. Una más que otra. 

Fingir lo que no eres por no lastimar te acaba causando unos daños difícilmente reparables. Pero se curan. Todavía no sé las marcas que me pueden dejar las cicatrices de esas heridas. Si serán más o menos profundas. Si se verán a simple vista o quedarán como el recuerdo de una catástrofe a la que sobrevivimos, como ha sucedido en tantas guerras. Como se pueden ver los balazos en tantos muros de Berlín. 

Cuando un amor está herido de muerte, hay química que lo puede aliviar. Que lo puede salvar. Que lo puede mejorar. Pero sólo cuando es verdadero. El amor que está supeditado a moralidades y espejismos no es un sentimiento real. No podemos escudar lo que sentimos a una obligación ascentral. El amor es devoción. No es imposición. 

Todos los lazos se pueden borrar. Incluso la sangre. Sólo que las heridas de sangre, más duelen. Y más cuesta dejarlas atrás. 

Es fácil culpar a los demás de tus propias faltas. Pero hay que tener un ego que no cabe por la puerta.  Esa delgada línea entre el veneno y el amor propio. Tenemos que querernos a nosotros por encima de todos. No podemos amar a los demás si no empezamos por cuidarnos nosotros mismos. A fin de cuentas, la felicidad va con nosotros y sólo nosotros podemos sacarla ahí fuera y disfrutarla. Por eso, culpar a los demás de nuestras desgracias o los handicaps para ser felices no es más que un acto de cobardía en toda regla. 

La moral impuesta es mortal. Y mata al amor tanto como el egoísmo y la demencia. 


Ser fiel a tus principios te hace libre. Escuchar otras posturas te hace ganar en criterio. Vivir tu vida y no la de los demás… te hace auténtico. Lo demás… son sólo cadenas de sometimiento irracional. 

Si me quieres, no me culpes de lo que desconoces sólo por librarte de sospechas. Sólo por ganar en relevancia. Sólo por ser mártir. No desperdicies tu vida ocupándote en desprestigiar a los demás. Dedica tu vida a vivirla. La tuya. La que te pertenece. 

Todos los seres humanos nacemos libres. Que nadie te intente convencer de lo contrario. 

Por supuesto, cualquier parecido con la realidad supera la ficción. La verdad está ahí fuera. 

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