Iba a empezar este artículo con la manida  frase “quiéreme cuando menos lo merezca, que será cuando más lo necesite”. Pero no. Somos como somos. Los méritos van aparte. Y, si nos quieren, que sea por el conjunto. Por el todo, por lo que abarcamos. Por nuestros buenos ratos y nuestras rachas de voluptuosidad. No dejan de ser lo que somos. Y sin ese “todo”, ni seríamos los mismos, ni seríamos completos.

Dicho esto, confieso que, realmente, iba a titular esta entrada con el título de una famosísima bagatela para piano de Beethoven. Pero he preferido preservar la intimidad de esa persona. Además de que, con los tiempos que corren, lo que hoy voy a sugerir es aplicable no sólo a la persona a la que iba a dedicar el post, sino a muchísimas otras. El que esté libre, directa o indirectamente… que levante la mano porque son una excepción.

Al grano: los depresivos no son legión, no son una plaga… Y, lo más importante: son mucho menos detectables que pueda ser un anoréxico, un adicto o incluso puede que hasta un TOC (trastorno obsesivo compulsivo).  Pero eso no significa que sus problemas de salud sean menos importantes. Tampoco dependen directamente de su voluntad íntima y personal.

La depresión está socialmente considerada un estado de ánimo y no una enfermedad. Somos muy dados a decir “estoy depre” cuando tenemos el ánimo bajo o un mal día. Pero la depresión abarca muchísimo más que eso. Es un proceso largo, inexquivable tras sus primeras etapas… Existe un tabú por el que tendemos a ocultarlo. Siempre debemos ser fantásticos y maravillosos. Y cuando hacemos esfuerzos sobre naturales para vencerla día a día, siempre habrá que escuchar el reproche del ignorante: “pues no está tan mal”.

Por otro lado, hay quien procura implicarse con los depresivos para ayudar en su proceso. Pero querer no siempre es poder. Y, como en las dietas, hay muchas acciones que pueden tener efecto rebote.

Algunos ejemplos:

Podemos querer mucho a alguien, intentar ayudarle, tratar de facilitar su mejoría… Pero la depresión es una enfermedad. Con síntomas y malestares, la mayoría se sufren en silencio… O se achacan a otros padeceres. Pero no somos expertos. Si te duele la muela, vas al dentista, ¿no? Pues si sospechas que tu inusitada tristeza es patológica, es tiempo de acudir a un especialista. No hay nada malo en acudir a un psiquiatra para que te ayude a valorar tu estado (¡es un médico!) y/o a un psicólogo (¡es un terapeuta!). Si tienes un dolor muscular, vas al fisio a hacer un tratamiento… Entonces ¿por qué no va a poder ayudarte un psicólogo a fortalecer tus debilidades? Deporte del alma, terapia emocional.

Se tiende a  quitarle hierro al asunto. A instar al depresivo a que se anime, sin más. ¡Como si dependiera de él! Pero, por desgracia, uno de los efectos de la depresión es que anula la voluntad. El enfermo vive en una constante lucha entre cómo se siente y cómo le gustaría estar. No echemos más leña al fuego. Ya hay bastantes oportunidades de que la persona depresiva se atormente. No le demos más motivos.

Intentar comprender al depresivo es muy, muy complicado. ¿Por qué? Porque ni siquiera él mismo sabe cómo ha desembocado en ese estado. Y, si lo intuye, suele sentirse débil, como el que ha caído en una tentación pecaminosa y eludible. La mejor opción es recurrir a altas dósis de empatía (ese don tan escaso). O dejar correr el tiempo para que el propio afectado tenga su explicación y, si lo desea, nos la transmita. Respetar la intimidad y privacidad es otra forma de ayuda. No por ello el enfermo se va a sentir abandonado. Simplemente, se respeta su espacio y su necesidad de reflexión, descanso y tratamiento.

Desde luego, yo misma tampoco soy ni experta, ni especialista, ni psicóloga ni maga… Pero he vivido la experiencia de la depresión desde varios prismas del cristal. De más cerca, de más lejos. Desde dentro, desde fuera, desde en medio.

Por eso, hoy… me he decido a escribir sobre este tema tabú. Porque ayer alguien tuvo la confianza suficiente para decirme que se encontraba mal y necesitaba ayuda. Con una naturalidad admirable a pesar de su tristeza. Así que olé tú. Y olé todos los que se encaucen por el buen camino. Porque la solución está en nosotros mismos, como la felicidad. No se puede afrontar una lucha no reconocida. No se puede vencer a un monstruo que negamos ver.

Afrontando el problema, se inicia la solución.

 

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