Parece que fue ayer. No hay año que no pase, fotograma a fotograma, cada secuencia de ese día por mi cabeza . Cada 11-M me levanto como si fuera 2004.

Recuerdo cómo me desperté, quién me dio la noticia, dónde estaba, dónde se supone que tenía que ir… Yo podría haber ido en uno de esos trenes, camino a Alcalá de Henares. Tenía una entrevista de trabajo importante. De las que no sólo van de pasta, van de aficiones que quieres rentabilizar, de méritos que por fin alguien te reconoce… Pero en cuestión de segundos, el mundo se paralizó. Mi mundo se paralizó.

El minutado se resetea y cambian las prioridades. Sabes dónde estás tú, el padre de tu hijo y te agarras a tu bebé de tal manera que puede que nunca vuelva a estar tan cerca de tu corazón, físicamente… de un modo que sólo es equiparable a su proximidad cuando lo gestabas.

Empiezas como una máquina, automáticamente, a localizar a todos los que son susceptibles de estar en las proximidades de los atentados. Por rutina o por casualidad. Pasas lista a la tribu. Las comunicaciones están saturadas. Pero se crea una tela de araña maravillosa que no te enreda, que te libera… porque vas teniendo noticias de la mayoría, directa o indirectamente.

Luego toca informar en sentido inverso: decirle al mundo que estás bien. Que no habías madrugado para tomar el cercanías porque tu cita era más tarde. Que estás en casa. Que estamos enteros, aunque no bien. No sabemos qué va a pasar. Qué se supone que debemos hacer o cómo podemos ayudar.

Recuerdo quedarme en casa con mi hijo como la que se queda en un búnker, dentro de nuestro propio y modesto castillo. Empezando a saber de gente que sí iba en los trenes. Gente que conoces, que tienen nombres, o familiares directos o amigos de tus amigos. Algunos gravemente heridos. Otros… otros nunca volverán de ese trayecto.

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Cada año se me propone que escriba desde mi propia experiencia, que tampoco es que sea significativa. Porque lo viví con perspectiva y kilómetros. Con mucho teléfono, desde luego… pero con un irreal margen de seguridad, porque esta tragedia nos podría haber tocado a cualquiera. Porque ese día todos éramos más madrileños que el oso y el madroño. Porque todos morimos un poco ese día.

 

 

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