Como tantas cosas, hace meses me encontraba preparando un artículo sobre el miedo. Curioso, ¿no?
Aún lo tenía en borrador, quería perfilarlo. Lo consideraba inconcluso.
Por avatares del destino, en lugar de guardarlo, lo publiqué. Duró apenas unos segundos en el aire.
Pero siempre hay alguien con el don de la oportunidad que llegó a él.

En vez de dejarlo en borrador de nuevo, lo eliminé. Y quité todo rastro que pudiera haber dejado en la red.
El motivo fue que esta única persona que tuvo acceso al texto osó decirme que yo no sabía qué es el miedo.
Y, sinceramente, no me veo en la obligación de argumentar mis sentimientos ni emociones ni a la madre que me parió.
Así, literal.

Juzgar a los demás es un ejercicio tan antiguo como el mundo, tan barato como abrir la boca y articular palabra… y aún más necio cuando se deja por escrito y a la vista de todos.

El miedo existe, es tangible. Es imposible no haber sentido jamás miedo aunque sea en su forma más básica, que no es otra que en la que tememos por nuestra propia integridad física (o la de aquellos a los que queremos).

Pero el sentimiento va más allá. Como en expediente X, está ahí fuera. Aparte de por lo evidente, el miedo puede llegar a nuestras vidas por indefinidos caminos.
Puede ser fruto de la indecisión, la supresión o la sumisión. O una mezcla de todas ellas. Una baja autoestima nos hace mucho más vulnerables al miedo. Porque el antídoto para el miedo es el amor, empezando por uno mismo.

Indecisión. Sentirnos inseguros es un modo de dejar la puerta abierta al miedo. El escepticismo que nos haga dudar puede desarrollar un miedo inusitado. Temor a equivocarnos, a no hacer lo correcto, a que los demás dependan de nosotros… a que nos juzguen. Contra la indecisión, autoestima y valor. No es que los valientes no sientan miedo, pero logran dominarlo.

Supresión. Sentirte anulado es otra fórmula del miedo. El miedo tiende a hacernos huir… cuando descubrimos que nos persigue por más que corramos, nos frena en seco : no nos deja decidir, ser o expresarnos.  La posibilidad de sentir temor nos limita, nos bloquea. La inseguridad de no tener todo bajo control nos priva de ser felices. No hay que escalar el Everest para alcanzar un estado de sosiego o paz. A veces vivimos tan obsesionados por conocernos a nosotros mismos, que estamos excesivamente pendientes de los cambios de ánimo. Es como el que hace muchas fotos y se pierde el momento por no ver el instante con sus propios ojos sino siempre a través del visor.

Sumisión. Hay emociones destructivas capaces de dominar nuestra mente. El miedo es, casi con toda seguridad, la más potente de todas ellas. Es fuerte para nuestra mente porque le prestamos atención, le dedicamos energía y le aportamos entidad. Nos sometemos al miedo. Lo vemos inexorable. Existe. No podemos evitar sentirlo. Es libre e imprevisible en la mayoría de los casos. Pero tenemos ser conscientes de que podemos más. Que al igual que hay emociones nocivas, las hay positivas. Y debemos emplearnos en usarlas para afrontar nuestros miedos. No se trata de esquivarlo. Se trata de dominarlo.

¿Y cómo lo solucionamos si el miedo es algo natural y hasta humano? Intentando reducir al máximo el desgaste emocional que nos produce. Procurando salir de la madeja en la que nos enreda. Esforzándonos por no sentirnos ninguneados por algo que nos lastima. Ocupándonos del conflicto. No pre-ocupándonos y malgastando tiempo y energías.

  
Sentir miedo nos humaniza. Pero controlarlo nos ayuda en nuestro camino a la felicidad.
El miedo está ahí fuera. La felicidad, dentro de cada uno de nosotros. Dejémosla cumplir su cometido. Que nuestros temores no la frenen.

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