Como de tantos otros aspectos, llevo mucho tiempo deseando escribir acerca de mi experiencia personal con esta disciplina.
Hace ya bastante tiempo que la practico y, a pesar de que he tenido parones indeseados, siempre la he retomado con entusiasmo. Reconozco que existe una pereza inicial. No soy una deportista nata. O, al menos, no una persona con una constancia para ejercitarse al uso. Pero sé que, una vez que arranque, los beneficios van a ser tantos que la satisfacción de desenrollar la esterilla me va a compensar sobradamente.
 
En varias ocasiones de mi vida, el incrementar el ritmo del ejercicio o, si quiera, retomar alguna práctica, ha venido ligada con la necesidad suprema de liberar sentimientos de frustración o rabia… incluso ira. He aprovechado esa energía que estaba de más y que no me beneficiaba para transformarla. Así, por ejemplo, fue como empezó mi faceta espontánea de pseudo-runner. Pero de eso ya escribiré como se merece en otro momento.
 
De un tiempo para acá he venido padeciendo una sintomatología peculiar. He pasado meses recibiendo señales físicas de mi cuerpo, que estaba pidiendo auxilio. Y yo las excusaba, achacándolas al estrés del trabajo o de situaciones personales. Pero ahí seguía mi organismo, insistente… Hasta que ya no pudo soportar más mi indiferencia a base de pruebas y fármacos y “explotó”. Como era de esperar, tuve  un diagnóstico claro y todos, todos los síntomas eran psicosomáticos.
 
Seguramente en otras circunstancias, me hubiera enfadado con mi cuerpo por no saber aguantar el tirón. Es lo que tiene ser una persona con un pasado auto-exigente de más. Pero yo misma me recordé que ignorar y dejar pasar no es solución. Tampoco en esto.
 
Eso sí, una cosa es que no me enfadara con mi cuerpo y otra muy diferente es que no me sintiera frustrada porque notaba que había perdido el control sobre mi propio mecanismo.
 
Una de las recomendaciones, dada mi situación, era que saliera, que me ocupara y que intentara retomar mis costumbres o hacer esas pequeñas cosas que me satisfacen. No hacía falta montar en globo o iniciar clases de esgrima. Se trataba de buscar dentro de mis rutinas (positivas) para volver a una normalidad que centrara el eje de mi vida en todos sus niveles.
Y ahí estaba el pilates. “Mis pilates”, como dice mi hijo de manera bastante gráfica.
 
Desde luego, no corría un riesgo vital. Pero es verdad que siento que el pilates salvó mi vida. MI VIDA con mayúsculas. Que me sirve para ser lo que yo soy en esencia. Que me ayudó a enderezar el rumbo de un barco que estaba descarriado a nivel emocional, mental y físico. 
 
Me he sentido muy arropada, protegida y querida en este tiempo. Pero hay tareas que tenemos que desarrollar por nosotros mismos. Y para mí era (y es) tremendamente importante recuperar el control sobre mi cuerpo, que iba a un ritmo y yo… a otro. Y eso no iba más que a desequilibrarme aún más.
 
A la vuelta del verano, en cada sesión, me reconciliaba poco a poco conmigo misma. Mi cuerpo y mi mente lo agradecían. Y me fueron lanzando señales pero, esta vez, para bien.
 
El pilates me ha ido devolviendo vitalidad: ganas no sólo de hacer deporte, sino también de esforzarme en  tareas cotidianas que se me hacían cuesta arriba. Los engranajes de mi cuerpo y de mi mente se han ido reposicionando hasta lograr que mi autoestima apareciese de vuelta.
 
Cuando te inicias en pilates, aprendes a tener consciencia de tu propio cuerpo. Una vez que llegas a ese punto, decides si seguir adelante o no. El pilates no tiene por qué ser tu disciplina o irte bien. No a todo el mundo le funciona o le encaja. Como en cada deporte, hay quien cuadra y quien no.
 
Una vez que te lanzas, eres tú quien pone los límites. Tienes que escucharte. Y no negarte que vayas a alcanzar algo por simples prejuicios. Salvo algún handicap físico evidente, vas a lograr lo que te propongas. Dependiendo de lo que sea, tardarás más o menos. Pero la frontera está en ti.
 
Mediante la respiración y la focalización en el abdomen, se logra un estado de relajación y concentración (¡al mismo tiempo!) que permiten alejar el estrés. Te centras de una manera enriquecedora en ti. Se eliminan tensiones. Y se alimenta tu ansia de superación. Tu cuerpo se alinea, tu armonía te estiliza, te sientes ágil… logras equilibrio por dentro y por fuera. Sientes una conexión completa.
 
Es por eso que el pilates salvó mi vida. O, al menos, me la trajo de vuelta. Me ayuda a  creer en mí, en mis capacidades en general, alinea mi cuerpo en el plano físico y mi mente en el plano cósmico.
 
Con todo esto no quiero convencer a nadie de que practique pilates ni mucho menos. Pero sí que me debía a mí misma (y a mi entorno más cercano), escribir este artículo. Porque lo han vivido día a día conmigo. Y es importante compartir aquello que te beneficia. Y seguir adelante.
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