Sé que muchos esperan que escriba en este día. Que desde que retomé esta (bendita) costumbre, hay temas que tengo “en la nevera”, pendientes, guardados.. a la espera de sazonar. Pero hoy era el día. El día de sacar a la luz  determinados sentimientos… Llevamos todo el fin de semana celebrando, entre el amor y el año nuevo chino… Porque cualquier excusa es buena para expresar, sentir y compartir.

Hay un hombre al que conocí. Seguramente, el primer amor de mi vida. El que pensaba que duraría para siempre. Esa especie de sentimientos que parece que traes “de serie”. Inexplicables, chispeantes… casi efervescentes por pura devoción.

Me sentía privilegiada porque mi relación con este hombre era algo entre él y yo. Todos tenemos muchas versiones de nosotros mismos. Es muy sano tener un espacio para cada cual que ocupa un lugar en nuestras vidas. Nosotros teníamos un rincón escondido en la mente y en el corazón. Nuestro, especial, único. Inquebrantable. O eso creía yo.

A veces, lo que hace al amor más auténtico es su faceta de irracionalidad. El poder expresarte libremente con la persona a la que tienes enfrente. Sin miedos, sin escrúpulos. Sin temor a ser juzgados por muchos consejos que puedas recibir.

A este hombre al que conocí, sé que le he amado profundamente. Que le he querido y él a mí, a pesar de las circunstancias que nos rodeaban: de factores externos, de sus prejuicios aprendidos, de mis esfuerzos sobrenaturales por entender sus posturas de otro siglo.

Este amor de mi vida, el primero… no me vino impuesto. No fue un puro instinto. Se basaba en una complicidad inexplicable de dos seres que ven el mundo a diferentes alturas. Este sentimiento, por más tiempo que pase o más distancia que tome, sé que era auténtico. No estaba prendida de la idea del amor o de la obligación que debería tener por querer a este hombre. Eso lo tengo claro.

Es por eso que, cuando tanto quieres, el propio amor puede arrastrarte a una espiral vertiginosa de autodestrucción. Porque descubres que ese ser al que veneras tiene otras facetas de su vida en las que te puedes ver salpicada. En las que se abren las paredes de vuestro reducto emocional y se filtran desavenencias que nada tienen que ver con ese hilo rojo que os une.

Por mi forma de ser y de estar… sé que sólo puede decepcionarme aquel en quien tengo puestas expectativas, a quien he entregado parte de mi vida, a quien he perdonado por ser quién es y el sitio que ocupa en el mundo… porque el amor no lo puede todo, pero justifica que te mantengas a un lado u otro del cristal.

Y, efectivamente, estoy decepcionada. Mucho. No me duele el desamor porque entiendo que no existe. Me duele haber descubierto el lado oscuro de la Luna… la cobardía de no dar a cada uno su lugar, la incapacidad de coexistir con otros sentimientos que nada tienen que ver contigo, el mirar hacia otro lado para no ver aquello que es evidente y así poder negarlo.

Hoy le escribo a ese hombre que conocí… porque sé que sigue existiendo a pesar de todo. Aunque se refugie en una cueva, aunque se vista con la capa de la superioridad, aunque sea incapaz de dejar atrás los auspicios que le inculcan para ver más allá de los botones de su camisa. Porque sé que si escarbo muy, muy profundamente en mi inesperada y desbordante decepción, encuentro un hálito de esperanza. Porque sigo creyendo en el amor. Incluso en el amor de ese hombre que un día conocí.

 

rosa blanca … y , sin embargo, TE QUIERO.

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