Hay momentos en los que necesitas un hálito para seguir adelante. En todo o en asuntos concretos. Algo de esperanza, de luz, de razón de ser.

Lo peligroso es cuando descubres que ese recuerdo que afianzaba, que respaldaba… que le daba mérito al ser… ese pequeño atisbo de felicidad lo tienes archivado como se guardan las fotos viejas: al fondo del cajón. Esa imagen se deteriora, amarillea… y llegas a olvidar dónde está.  Y ni siquiera haces por recordarlo. Relegada al final de una vida.

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Hay recuerdos de los que nos desprendemos de manera inconsciente. Y pensamos en ello como algo que nos han contado, como si ni siquiera la remembranza fuera nuestra. Son ideas que bien podrían ser de una película, de un relato… de una conversación. Pero los desahuciamos de nuestra vida. Sin querer. Sin evitarlo. Y lo triste: sin sentirlo. Porque lo peor de todo es que nos es indiferente.

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