No hace falta que confiese, sólo hace faltar conocerme y/o leerme alguna vez: me gusta más un charco que a un cochino bien gocho. No lo puedo remediar. Cuando me doy cuenta ¡zas! Ya estoy metida hasta la espinilla… Y todo es, por supuesto, en sentido figurado. Algunos lo llaman deformación profesional, otros sadismo. Algunos quieren ver mi lado idealista. Yo sólo descubro, enmedio de cada charco en el que me sumerjo, que tengo una inquietante necesidad de entender el por qué de los acontecimientos. Afortunadamente, se me pasa. Y salgo del charco. Y miro las botas. Y me voy trotando, a vivir mi vida.

chapoteando por la vida

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